El escritor William Navarrete entrevista a Marta María Batista Fernández, la hija menor de Fulgencio Batista.
MADRID, España ― Me encuentro con Marta María Batista Fernández (Malouf es su apellido de casada) en Madrid. Hacía tiempo que intentábamos realizar esta entrevista, pero, cuando coincidíamos en la misma ciudad, el tiempo de uno u otro no jugaba a nuestro favor. Esta vez, gracias a las gestiones de Margarita Larrinaga, pudimos encontrar el momento para preguntarle a la hija menor de Fulgencio Batista, dos veces presidente de Cuba, sobre algunos detalles de su vida y sus recuerdos familiares.
Desde que salió de Cuba con apenas año y medio, Marta María se convirtió, por razones de fuerza mayor, en ciudadana del mundo. De Estados Unidos a Portugal, España, Suiza, Inglaterra, Francia y el Líbano, creció rodeada de personas de múltiples nacionalidades, una experiencia que la convirtió en políglota y cosmopolita, pero también en una amante de la diversidad y la tolerancia. Es muy agradable tratar con ella, tanto por su calidez y capacidad de adaptación como por la rapidez con que consigue que su interlocutor se sienta cómodo.
De los 10 hijos de Fulgencio Batista aún viven cuatro. Es Marta María, después de Fulgencio, la segunda entrevistada de la familia.
―Tengo entendido que naciste en Cuba. ¿Puedes contarnos qué recuerdos tienes?
―Recuerdos, ninguno. Nací el 3 de agosto de 1957 y la salida de Cuba de toda nuestra familia ocurrió apenas un año y medio después. De los cinco hijos que tuvieron mis padres, Fulgencio Batista Zaldívar y Martha Fernández Miranda, soy la menor. También fui la única de los cinco que nació en el cuartel de Columbia, en Marianao. Eso significa que todo lo que sé de aquel periodo tan convulso para todos nosotros se debe a los relatos escuchados y a los testimonios de otras personas.

―No voy a preguntarte sobre tus padres porque de ellos se ha hablado mucho. Sin embargo, se ha comentado siempre que tu padre conoció a su segunda esposa porque el coche con el que él se desplazaba la arrolló mientras ella montaba bicicleta. ¿Es eso cierto o pura invención popular?
Eso es cierto y ese cuento lo escuché yo también de mi propia madre, es decir, de la arrollada. Mi padre estaba todavía casado con su anterior esposa, Elisa Godínez Gómez, natural de Banes, cuando conoció a Martha. De todos los hijos que tuvieron, yo fui la que más tiempo vivió con ella, y nunca desmintió aquel hecho. Al parecer, fue amor a primera vista, un amor que se impuso contra viento y marea, porque su primer hijo, mi hermano Jorge Luis, nació en 1942, cuando Elisa aún no le había concedido el divorcio a mi padre.
Mi madre era mucho más joven, hasta el punto de que muchas veces creían que mi padre era mi abuelo. Ella, su hermano Roberto y sus hermanas Lilia y Cecilia nacieron en Cuba, el país donde sus padres, los gallegos Ramiro Fernández Ledo y Emelina Miranda Casal, se habían conocido. Ellos habían nacido en Chantada y Ribadeo, respectivamente, dos localidades gallegas en las que todavía viven parientes, entre ellos su prima Remedios, cerca de Santiago de Compostela.

―Creo que no salieron todos juntos de Cuba aquel fin de año de 1958…
―En efecto. Mi padre organizó la salida de la siguiente manera: mis medios hermanos Rubén (acompañado de su esposa Carmen Robaina Llaneza y de la hija mayor de ambos, María Aleida); Mirta (con su esposo Elmo Pons-Domenech); y Elisa Aleida (con su novio Raulito García-Cantero) salieron rumbo a Nueva Orleans, acompañados de otros allegados y personas del gobierno. Mis hermanos mayores, Roberto y Carlos Manuel, volaron a Nueva York junto a Manuel Pérez Benitoa, su esposa Dolores Boullón y la nieta de ambos, Esther Dolores Curiel, quien años después se convertiría en mi cuñada al casarse con mi hermano Roberto. Manuel había sido senador, ministro de Defensa y primer subsecretario de Hacienda durante el gobierno de mi padre.
Todo esto lo cuenta muy bien mi hermano Roberto en su libro de memorias Hijo de Batista, publicado por la editorial Verbum en Madrid, en 2021. A mí me tocó viajar con mi hermano Fulgencio, que tenía cinco años; mi tata, Carmen; mi abuela Emelina; sus hijas Lilia y Cecilia, y algunos de los hijos e hijas de estas. Salimos de La Habana y aterrizamos en Pensacola, desde donde nos trasladamos inmediatamente a Daytona Beach, a la casa que mi padre había comprado cuando salió de Cuba en 1945, una vez concluido su primer mandato presidencial, que se había extendido de 1940 a 1944.

―¿Qué recuerdos tienes de esos primeros años en el exilio?
―Mis primeros recuerdos son de Funchal, la capital de la isla portuguesa de Madeira, donde finalmente mis padres se instalaron y pudieron reunir a toda la familia. Allí permanecimos alojados en el hotel Reid’s Palace desde principios de septiembre de 1959 hasta 1962, año en que António de Oliveira Salazar, presidente del Consejo de Ministros de Portugal, autorizó a mi padre a establecerse en Estoril. Era un sitio curioso porque allí vivían (y seguirían viviendo después) varios monarcas destronados y presidentes depuestos.
Uno de los grandes méritos de mi padre, al menos en lo que me concierne directamente, fue haber sabido mantener la unidad de la familia. La familia era su bastión en una época en la que tenía más detractores que personas leales. Incluso logró que nos mantuviéramos unidos a nuestros medios hermanos, nacidos de su primer matrimonio, así como a sus respectivos cónyuges y descendientes, una unión que se ha conservado hasta el día de hoy.
―Me imagino que tu escolaridad fue también el fruto de los vaivenes de la vida de exiliados que llevaron.
―De Funchal, como ya dije, nos trasladamos a Estoril. Allí vivimos primero en Villa Tanagra, pero mi padre compró un terreno en la calle donde ya residían varios reyes que habían perdido sus tronos y mandó construir una casa a la que llamó Villa Baní, en honor al nombre original de Banes, el pueblo oriental de Cuba donde había nacido y al que los pobladores taínos llamaban Baní. Conservamos aquella casa mientras mi padre vivió y alternábamos con temporadas en Guadalmina, donde alquilábamos un bungaló para pasar los veranos. Por cierto, hace dos años estuve en Estoril para recordar aquellos años. Los actuales propietarios de la villa fueron tan amables que permitieron que mi hija, dos primos y yo entráramos y tomáramos fotografías. Aproveché también la visita para ir a Muchaxo, en Cascais, el restaurante favorito de mi padre, que todavía existe.
Cuando cumplí seis años fijamos nuestra residencia oficial en Madrid, una vez que Francisco Franco autorizó la entrada de mi padre a España. Me matricularon en el colegio católico Santa María del Camino, situado en la calle Peguerinos, en la colonia de Puerta de Hierro, donde cursé toda la educación primaria. Allí también estudiaron, años después, las infantas Elena y Cristina.

―¿Terminaste tus estudios escolares en Madrid?
―No. Mi madre quería que recibiera una educación internacional y aprendiera otros idiomas, de modo que, a los 10 años, me matriculó en el Pensionnat Mont-Olivet pour Jeunes Filles, en Lausana (Suiza). Era una antigua escuela fundada en 1917 por las Hermanas de la Presentación de María que ya no tiene sede en Lausana. Entre mis compañeras de clase estaban Jane y Annette, las hijas de Charles Chaplin. Recuerdo que su padre venía a buscarlas, pero nunca se bajaba del carro. También estudiaba allí Victoria, una hija del actor Yul Brynner. Una vez tuve que actuar en una de esas obras de teatro que suelen presentarse en los colegios y, el día del estreno, con el famoso actor entre el público, me puse tan nerviosa que me caí en el escenario.
En ese mismo colegio estudiaban varias niñas cubanas, entre ellas Graziella de Luis Ponce, a quien llamaban “Gachy”. Falleció trágicamente en 2019, en un accidente aéreo de Ethiopian Airlines, cuando viajaba a Nairobi (Kenia) como intérprete de Naciones Unidas. Aunque vivió desde pequeña en Yucatán, pues su madre era mexicana, Gachy era hija del cubano Luis de Luis Sánchez.
Durante aquellos años, mi madre venía a verme con frecuencia y yo vivía en un apartamento en Lausana. Se ocupaba de mí Milagros Ramos, a quien siempre llamamos “Mili”, una joven española que hoy, ya mayor, vive en Madrid y a quien tú conociste en una de tus presentaciones de libros en esta ciudad. En aquel colegio suizo estudié siempre en francés y terminé el bachillerato a los 17 años, poco después del fallecimiento de mi padre.
―¿Qué pasó después?
―Mi madre se dio cuenta de que mi inglés no era muy bueno, así que me envió a estudiar durante un año como interna a Rosslyn House, un colegio católico para niñas situado en Weybridge, a una hora de Londres, que tampoco existe ya. Allí había muchas niñas de familias acomodadas, tanto españolas como latinoamericanas, y con algunas de ellas he mantenido el contacto desde entonces.
Ya por aquella época, mi madre se había mudado a París, primero al número 8 de la avenida Montaigne y, más tarde, al distrito XVI. Así, hasta 1977, alterné entre Suiza y Londres, donde estudiaba, y la capital francesa, donde vivían mi madre y mi hermano Jorge Luis.
―¿Has tenido malas experiencias en público cuando la gente se entera de que eres hija de Fulgencio Batista?
―Como salí de Cuba muy pequeña, no tuve que tragar los buches amargos que sufrieron mis hermanos mayores al llegar al exilio. En los aeropuertos los esperaban grupos de personas que los vituperaban, como si ellos tuvieran la culpa, siendo menores de edad, de ser los hijos de un presidente, hubiera sido este bueno, malo o regular.
El peor recuerdo que conservo fue precisamente en 1977, cuando acudí al consulado de Estados Unidos en París para solicitar una visa que me permitiera instalarme en ese país. Me trataron como si fuera una criminal convicta. Más tarde, viviendo ya en Florida, cuando tenía que dar mi nombre para pagar algo o realizar cualquier gestión, algunas personas me preguntaban si era hija de Batista. Cuando respondía afirmativamente, me preguntaban si mi padre había sido íntimo amigo de Meyer Lansky. Ese tipo de cosas me ha ocurrido mucho, pero, en general, no he tenido experiencias desagradables.
―Por ser quien más vivió con Martha Fernández Miranda, ¿pudieras ofrecer un retrato de quien fue la última primera dama de Cuba entre 1952 y 1959?
―Mi madre era extremadamente piadosa y nunca tuvo interés alguno en la política. De hecho, en Cuba la llamaban “Martha del pueblo” por sus numerosas obras de caridad, sus aportaciones a sociedades benéficas y la ayuda que brindaba a los necesitados. Adoraba y respetaba a mi padre, pero siempre encontraba la manera de conseguir los fondos necesarios para construir instituciones sanitarias y desarrollar obras de carácter social.
También era muy católica y supersticiosa. Viajaba siempre con una estatua bastante grande de santa Marta, hasta el punto de que la llamaban “la Señora de la Virgen”. Apenas subía al avión, sacaba el rosario y empezaba a rezar. En más de una ocasión nos obligó a bajar de un avión y consiguió que sacaran nuestro equipaje de la bodega porque creía haber percibido alguna señal de que no debíamos volar. Recuerdo que, en cierta ocasión, viajábamos un martes 13 y, cuando se dio cuenta de la fecha, le pidió a Bernard Nicole, su secretario de entonces, que hiciera bajar todo nuestro equipaje del avión, pues regresaríamos a casa.
Cuando mi padre falleció, mi madre cesó de asistir a eventos sociales. Era muy presumida y elegante. La recuerdo dedicando buena parte de su rutina diaria al cuidado personal, a arreglarse y a lucir siempre bien. Comenzaba el día aplicándose hielo en el rostro para prevenir las arrugas y elegía muy bien la ropa que iba a ponerse.
Su educación era a la antigua. Imagínate que, cuando ya vivíamos en Florida, en 1979, se me ocurrió probar suerte como modelo. Incluso conseguí que un fotógrafo me hiciera unas fotos de prueba para presentarlas y ver si me aceptaban. Cuando mi madre se enteró, se disgustó y me dijo que no le parecía una buena idea.
Ella siempre estuvo muy pendiente de su familia. Nunca concedió entrevistas ni quiso exponerse a la vida pública, precisamente por ser la viuda de Batista. Tampoco hablaba de Cuba, pienso yo que porque era un tema que le causaba dolor. En una ocasión, un amigo le mostró unas fotos recientes que había tomado en Cuba y ella se echó a llorar. A veces evocaba la playa de Varadero, como mucho. Sin embargo, conservaba muchos dichos cubanos y costumbres que se había llevado consigo de la Isla.

―Entonces llegas a Estados Unidos en 1977…
―El primer año viví en Miami, en casa de mi media hermana Elisa Aleida, quien desde hace algún tiempo reside en Homestead. Mi madre se instaló en West Palm Beach, pero yo prefería Miami y comencé a estudiar allí, primero en el Dade College y, después, en Florida International University, donde me matriculé en la carrera de Literatura y Lengua Francesas. También asistí a dos cursos en la Universidad de Miami. Finalmente, completé mi formación con estudios de posgrado en New York University, después de casarme, en 1983, con Jorge Ricardo Cadenas. Durante bastante tiempo, viví entre Florida y Nueva York.
―¿A qué te has dedicado?
―En 1994 me casé con Philippe Malouf, un empresario libanés nacido en Beirut y educado entre el Líbano e Inglaterra. Hemos tenido dos hijos: Gabriella, nacida en 1996, y Amín, un año después.
En el ámbito profesional, he sido profesora de francés desde los 19 años y continúo impartiendo clases. Como tengo 69 años, puedes calcular cuánto tiempo llevo dedicada a la enseñanza. He enseñado en colegios privados y públicos, en universidades e incluso de forma particular. Imparto clases tanto de español como de francés. Actualmente soy profesora principal de lenguas en The Canopy School, en West Palm Beach.

―¿Te gustaría volver a Cuba?
―Con el gobierno actual, ni en sueños. Para empezar, le provocaría un enorme disgusto a mi madre, incluso después de fallecida, esté donde esté. Ninguno de mis hermanos ha regresado tampoco. Nuestras costumbres cubanas nos acompañan por el mundo. Mi hija habla muy bien el español, y mi hijo lo entiende y lo habla bastante. Me encanta la música cubana y los platos típicos de mi tierra, aunque no los consumo mucho porque no me parecen muy dietéticos si se preparan realmente como indican las viejas recetas. En West Palm Beach tenemos dos restaurantes cubanos: Havana y Don Ramón.
Por supuesto, sería hermoso conocer el país donde nací, por mucho que haya cambiado y por irreconocible que pueda resultar, según cuentan quienes han ido y muestran las imágenes que vemos desde fuera. Nací en un país que no conozco y con el que siempre estaré estrechamente vinculada.

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