'CubaNet' documentó 11 casos de cubanos expulsados de Rusia sin que nadie les informara del destino ni les diera constancia escrita del procedimiento.
Son poco más de las 6:00 de la madrugada del 1 de agosto de 2026 y María Antonia acaba de bajar del avión sin tener claro dónde está. Es verano y afuera se siente el calor, pero ella lleva un vestido de tela gruesa con mangas largas, y calza unas botas de invierno. Es su ropa más presentable y la que usará los siguientes días, mientras viva en el aeropuerto.
Sus pertenencias son tan escasas que caben en una bolsa que lleva consigo a todas partes: algo de ropa interior, un cepillo de dientes, tres camisetas, una bata para dormir y dos pantalones ligeros. Eso es todo.
María Antonia no eligió viajar a ese país donde le hablan en un idioma que no comprende. Ha bajado del avión sola, sin dinero y sin teléfono, y mientras intenta procesar dónde está comienza a hacerse preguntas más instintivas: qué va a comer, dónde va a dormir, cómo le avisará a su hija. Por primera vez piensa que podría morir allí sin que nadie de su familia llegara siquiera a saberlo.
Lo último que sabía Niosly, su hija, era que la deportarían. No le dieron más detalles y ambas pensaron que sería a La Habana. Sin embargo, las autoridades rusas compraron un boleto y subieron a María Antonia Pérez Salazar, de 73 años, a un avión rumbo a Uzbekistán, un país ubicado en Asia Central.
Sin explicarle nada ni entregarle ningún documento que registrara su deportación, la enviaron a más de 12.000 kilómetros de Cuba con poco más de lo que llevaba puesto. En Rusia dejaron detenida a su hija, mientras que sus tres nietos están bajo el cuidado de servicios sociales.
El aeropuerto
María Antonia atraviesa lentamente la terminal 2 del Aeropuerto Internacional “Islam Karimov” de Taskent mientras observa cada detalle: quién llega, quién se marcha, quién podría ayudarla. Afina el oído con la esperanza de reconocer un acento familiar o, al menos, encontrar a alguien que hable español.
Cuenta que en su recorrido pasa frente a una hilera de puestos de comida rápida, una tienda donde parecen vender tarjetas telefónicas y una casa de cambio de divisas. Más adelante se detiene ante una máquina expendedora de refrescos y la observa durante unos segundos, por si alguien hubiera dejado una bebida olvidada. Continúa caminando hasta el final del pasillo, da la vuelta y vuelve a empezar.
Repite el mismo trayecto cinco, ocho, hasta diez veces al día. Caminar sin un destino preciso por el aeropuerto, con la esperanza de encontrar a algún cubano, se ha convertido en su principal pasatiempo. También es una manera de llenar las horas y distraerse del hambre.
Desde que aterrizó, su alimentación se reduce a una sola comida diaria que le dan las autoridades migratorias uzbekas, aunque María Antonia no está bajo su custodia. Uzbekistán permite a los ciudadanos cubanos entrar sin visa para estancias de hasta 30 días. María Antonia ingresó como una turista común y podía abandonar la terminal. Si continúa vagando por el aeropuerto es porque no tiene adónde ir. Allí, al menos, está bajo techo, recibe algo de comida y puede utilizar el baño cuantas veces lo necesite.
Ese baño se ha convertido también en su único lugar para beber agua y asearse. Inclinada sobre el lavabo, moja un poco de papel sanitario y se limpia como puede: las axilas, el pecho, el cuello. Han pasado varios días desde la última vez que se duchó y siente que el olor de su cuerpo reclama un baño de verdad, pero solo tiene el grifo.
Después pone jabón líquido en su cepillo de dientes y se los lava entre arcadas. Cuando termina, regresa a la zona que ha escogido para descansar: unas sillas para viajeros con el asiento y el respaldo acolchados. Se acomoda, cierra los ojos e intenta dormir. En las de metal, ya lo ha comprobado, es mucho más difícil.
Al tercer día, después de repetir quién sabe cuántas veces aquel recorrido, María Antonia escuchó algo que buscaba desde que bajó del avión. Era un acento caribeño, el de alguien que hablaba como ella: un joven cubano al que Rusia también había deportado. Se le acercó, le contó su historia y que llevaba varios días durmiendo en la terminal.
A pesar de estar en una situación casi tan precaria como la suya, María Antonia asegura que el joven decidió llevarla con él hasta un hostal de la capital uzbeka que se ha vuelto popular entre los cubanos. Allí permanece desde entonces.
Ni María Antonia ni el joven que la acogió han sido los únicos cubanos deportados a Uzbekistán. Por esos días, Yalina González Morales pasó por una experiencia casi idéntica: las autoridades rusas le notificaron que sería deportada sin darle más información. Ella supuso que su viaje terminaría en Cuba, pero la subieron bajo custodia policial a un avión con destino a Uzbekistán.
Yalina, de 29 años y natural de Mayabeque, tampoco pudo revisar el boleto ni confirmar la ruta. Al igual que María Antonia, fue escoltada hasta el aeropuerto y entregada directamente a la tripulación. Ambas, solo después de aterrizar en Taskent, comprendieron que Rusia no las había repatriado, sino expulsado hacia un tercer país donde no tenían familiares, dinero ni alojamiento.

Sus historias podrían parecer dos episodios excepcionales si no fuera porque, al buscar en grupos de Telegram de cubanos en Uzbekistán, aparecieron otros testimonios. Hombres y mujeres que no se conocían entre sí describieron un recorrido semejante: una redada en Rusia, meses bajo custodia migratoria, el traslado al aeropuerto y, finalmente, un avión hacia un país del que algunos nunca habían oído hablar.
Entre marzo y septiembre de 2026, CubaNet documentó 11 casos de cubanos expulsados de Rusia a Uzbekistán mediante entrevistas con los afectados y la comparación de sus testimonios. La reconstrucción se centró en las circunstancias de la detención y la salida de Rusia, la información que recibieron sobre el viaje y las condiciones en que llegaron a Uzbekistán. Los detalles variaban, pero los 11 coincidían en un punto: no habían consentido ese destino ni se les había informado. Todos creían que serían repatriados a Cuba y solo después de aterrizar en Taskent comprendieron que los habían enviado a otro país.
Ni siquiera los especialistas en migración y organizaciones de derechos humanos conocían estas expulsiones de cubanos desde Rusia a terceros países. Mihra Rittmann, investigadora para Asia Central de Human Rights Watch (HRW), aseguró que la organización no había documentado antes casos semejantes. La defensora rusa Svetlana Gannushkina, con una larga trayectoria de apoyo a refugiados y migrantes, entre ellos cubanos, tampoco conocía estas expulsiones.
Rusia apenas deja huellas de estas expulsiones. A ninguno de los entrevistados le entregaron una orden de deportación, ni documento alguno que dejara constancia del procedimiento. Los 11 insisten en que no firmaron nada que autorizara la deportación. No saben bajo qué figura legal salieron de Rusia, quién decidió enviarlos a otra nación o por qué allí.
Entre la salida de Moscú y la entrada a Uzbekistán queda un vacío que ninguno sabe explicar: son migrantes expulsados de un país y abandonados a su suerte en otro. Así llegó María Antonia a Taskent, sin prueba alguna en sus manos de cómo terminó en Asia y completamente sola, a pesar de que apenas cinco meses antes había tenido una casa, un trabajo y una familia al otro extremo de la antigua Unión Soviética.
La noche en que separaron a la familia
Hasta marzo de 2026, María Antonia vivía con su hija y sus tres nietos en un pequeño apartamento en las afueras de la capital rusa. Habían llegado al país en 2023, empujados por el deterioro de las condiciones en Cuba y con la esperanza de encontrar una vida mejor. Vendieron sus electrodomésticos, su ropa y hasta los juguetes de los niños, y usaron sus ahorros para comprar los cinco boletos. Así fue como llegaron a Moscú.
En La Habana, María había sido ingeniera civil durante casi cuarenta años, pero cuando se jubiló su pensión no alcanzaba para sostenerla ni una semana. La casa del Cerro, compartida con otros familiares, tampoco ofrecía a los cinco un espacio propio y sin discordias.
A María Antonia, que nunca había salido de Cuba, hasta los pimientos del mercado en Moscú le parecían irreales. “Pensé que eran de plástico, de lo limpios y bonitos que se veían”, recuerda. Después llegaron otros descubrimientos: el metro, supermercados abastecidos y, sobre todo, electricidad constante. Rusia no era el sueño americano que tantos cubanos perseguían, pero durante algún tiempo María Antonia creyó que su familia podía construir allí algo similar: su propio sueño ruso.
Rusia se ha convertido en los últimos años en un destino accesible para cubanos como ellos: podían entrar sin visado y permanecer hasta 90 días. El problema comenzaba después. La exención no les daba derecho a trabajar y, una vez vencido ese plazo, quienes permanecían en el país sin regularizar su situación pasaban a un estatus migratorio irregular. Aun así, muchos migrantes se las ingenian para trabajar de modo informal.
Así era como María y su hija, Niosly Vidal, pagaban las cuentas. Ambas trabajaban largas jornadas limpiando en un mercado local, mientras los niños —Cristopher, Dylan y Milaydis, de 13, 10 y 9 años— pasaban buena parte del día solos.
Cristopher, el mayor, había asumido responsabilidades que no correspondían a su edad. Cuidaba a sus hermanos, les enseñaba a leer y escribir y, al mediodía, preparaba lo que hubiera disponible: un poco de arroz, huevos o calentaba los restos de la cena anterior. Cuando María llegaba, revisaba las “tareas escolares” y les daba clases improvisadas a los tres.
“Como estábamos irregulares en Rusia, no podían ir a la escuela, y eso a mí me dolía mucho”, cuenta la abuela.
Cuando los niños llegaron a Rusia, en 2023, la legislación no condicionaba expresamente la matrícula a que el menor demostrara una estancia legal, pero sí exigía documentación traducida y certificada que ellos no tenían. La exigencia de un estatus regular entró en vigor el 1 de abril de 2025.
Sin embargo, era el miedo a ser detenidos lo que más les preocupaba de enviarlos a la escuela.
Tras el atentado contra la sala de conciertos Crocus City Hall, en marzo de 2024, perpetrado por ciudadanos tayikos y reivindicado por el Estado Islámico, creció la xenofobia y la discriminación hacia los extranjeros en Rusia y eso se tradujo en más redadas y deportaciones. En junio de ese mismo año, la Duma Estatal rusa aprobó en primera lectura dos proyectos de ley para reforzar el control de la inmigración —adoptados definitivamente en julio—, y la cantidad de deportaciones ha aumentado desde entonces
María y su hija estuvieron averiguando si podían regularizarse para quitarse ese sobresalto y también para que los niños tuviesen una vida más normal. Pero las opciones para ellas se reducían prácticamente a casarse con un ciudadano ruso o tener la suerte de ser elegidas dentro de las cuotas aprobadas por el Gobierno para cada uno de los territorios de la Federación.
La vida en Moscú estaba lejos de ser perfecta, dice María Antonia, pero la familia permanecía unida. Eso terminó una noche de marzo de 2026.
María Antonia no recuerda la fecha exacta, pero conserva la escena con claridad. La familia dormía cuando varios agentes rusos irrumpieron en el apartamento. Los gritos en un idioma que ninguno comprendía llenaron de pronto la vivienda. En medio de la confusión, los niños se despertaron sobresaltados, sin entender quiénes eran aquellos hombres ni por qué habían entrado a buscarlos. Todo ocurrió demasiado rápido. María Antonia apenas podía seguir con la mirada lo que sucedía.
“Se llevaron a los niños sin que pudiésemos casi despedirnos. Mi hija gritaba como una loca, los niños lloraban y yo me quedé congelada, sin atinar a nada”, rememora.
Sacaron a todos de la casa y la puerta se cerró detrás de ellos. No saben qué ocurrió después con sus pertenencias. María solo alcanzó a llevarse unas pocas cosas, entre ellas el vestido grueso y las botas que usaba durante el invierno ruso. Cinco meses después bajaría con esa misma ropa de un avión en pleno verano de Uzbekistán.
Tras pasar tres días en una estación policial, María Antonia y su hija fueron recluidas en un centro de deportación de Sájarovo, mientras que los tres niños quedaron bajo la custodia del Centro Familiar de Ayuda a la Familia y la Infancia “Neposedy”, en Zheleznodorozhni, Balashija (al este de Moscú). Desde aquella noche, la familia no ha vuelto a reunirse.
El Código de Familia ruso reconoce que el ingreso temporal de un menor a una institución mientras sus padres no pueden cuidarlo no extingue, por sí mismo, los derechos parentales. En otros casos conocidos, madres cubanas detenidas en circunstancias similares han vuelto a reunirse con sus hijos al momento de ser expulsadas del país. Niosly, sin embargo, todavía no sabe cuándo saldrá ni qué procedimiento seguirán las autoridades en su caso.
Cinco meses en una celda
“Bajé mucho de peso. Nos daban comida tres veces al día, pero era poca y mala. Ni siquiera con hambre lograba tragar aquellas pastas rusas”, recuerda María Antonia. Lo que más le gustaba eran los chícharos que daban una vez a la semana junto a cuatro rodajas de pan. El resto lo ingería por sobrevivencia. “Dormir tampoco era fácil porque la colchoneta era tan fina que podía sentir en la espalda las barras de hierro de la cama”.
En el centro de deportación de Sájarovo, solo le permitían bañarse una vez por semana y, si el tiempo acompañaba, podía salir diez minutos al día a tomar el sol.
Por la celda, con capacidad para seis personas, pasaban mujeres de distintas nacionalidades, mientras María Antonia y su hija, Niosly, permanecían juntas y compartían una litera. “En la esquina había un solo inodoro, manchado por la suciedad, y entre las camas teníamos una mesita con silla. A veces me sentaba ahí para cambiar de posición”, cuenta la abuela.
Por las noches, cuando el frío se colaba en la celda y la calefacción apenas funcionaba, madre e hija se apretaban en una misma cama para darse calor. En más de una ocasión bajaron uno de los colchones y lo colocaron contra la pared, intentando contener con aquella lámina delgada el aire helado.
No tenían televisión ni libros. Los días transcurrían con una lentitud que desdibujaba las horas, pero para María Antonia lo peor era estar separada de sus nietos por primera vez desde que habían nacido.
Durante los cinco meses siguientes, madre y abuela solo supieron de los niños mediante llamadas breves. Después de que ambas pidieran ayuda a la Embajada de Cuba en Moscú, las autoridades rusas les permitieron hablar con ellos durante unos diez minutos una vez por semana. Aquellos minutos se convirtieron en la única medida cierta del tiempo: siete días de espera para escuchar sus voces.
“El consulado no intentó repatriarnos. Lo único que hicieron fue contactar a los rusos para que dejaran a los niños hablar con nosotras”, afirma María Antonia.
En una de esas llamadas, María Antonia escuchó a Milaydis, la menor de sus nietos, pronunciar algunas palabras en ruso. No le sorprendió. Siempre había sido la más fuerte de los tres, la que con mayor facilidad parecía adaptarse a cualquier circunstancia. “Es la más despierta, la que más rápido aprende”, dice con cierto orgullo sobre la pequeña de nueve años.
A pesar de la angustia por la separación, María Antonia encontraba un pequeño consuelo al saber que sus nietos finalmente estaban fuera de las paredes del apartamento. Se emocionaba cuando le contaban que los habían llevado de paseo y le describían algún lugar nuevo. Ella y su hija nunca habían tenido tiempo ni dinero para ofrecerles esas salidas.
María Antonia se alegraba al imaginar a sus nietos descubriendo por fin Moscú, pero enseguida aparecía el miedo: estaban con desconocidos. Cada paseo que le contaban, cada nueva palabra en ruso era también un recordatorio de cuánto tiempo llevaban separados. Y ni ella ni Niosly sabían cómo ni cuándo conseguirían recuperar a los niños.
Después de cinco meses compartiendo la misma celda, María y Niosly creyeron que también saldrían juntas de Sájarovo. Imaginaban que, llegado el momento de la deportación, recuperarían a los niños y los cinco regresarían a Cuba. El 31 de julio comprendieron que no sería así.
“Me indicaron que solo sería yo la deportada. No me dijeron más nada”, relata María, quien apenas tuvo tiempo de recoger sus cosas y abrazar a su hija cuando esa mañana le anunciaron la deportación.
La anciana fue trasladada hacia las 9:00 a. m. y conducida primero en autobús hasta una instalación policial, donde estuvo unas seis horas. No le dieron agua ni alimentos hasta avanzada la tarde, cuando la llevaron esposada al aeropuerto. “Yo bajaba la cabeza por vergüenza. Me daba mucha pena que me miraran”, rememora. Luego subió al avión sin conocer su destino.
El hostal
María Antonia posa de pie en el reducido dormitorio del hostal donde permanece varada en la capital de Uzbekistán. A un lado se levanta una litera de madera; detrás, una ventana cerrada y un radiador. Lleva una camiseta clara y conserva una expresión seria, casi inmóvil. Su rostro muestra el cansancio. Tiene 73 años y padece glaucoma, pero desde que fue enviada allí no ha podido comprar las gotas que necesita para controlar la enfermedad y tampoco las píldoras para tratar su hipertensión.

Ella sigue sin tener un teléfono propio para comunicarse y lleva más de dos meses sin saber de su familia, pero logró enviar esa foto desde el celular de uno de los cubanos que se alojan en el hostal y que le ha ofrecido algunos alimentos.
“Aquí todos los que estamos fuimos deportados y llegamos sin nada. Nadie tiene suficiente para compartir, porque cada cual está buscando cómo sobrevivir. No es que no quieran ayudarme; es que están en la misma situación que yo”, explica María Antonia desde el WhatsApp de su amigo Yorkis, a quien también deportaron desde Rusia.
Yorkis Vega salió de Ciego de Ávila, en el centro de Cuba, el 20 de octubre de 2023 para probar suerte en Moscú, donde estuvo hasta que fue detenido en una redada y llevado a un centro de deportación.
“Le escribí varias veces al consulado cubano, pero a ellos no les importamos y ni responden. Hace siete meses los oficiales rusos llegaron a la celda y me dijeron que iba a ser deportado. Yo creí que volvía a Cuba y aterricé en Uzbekistán”, cuenta Vega.
Desde entonces, Yorkis se hace una pregunta que también repiten otros cubanos varados en Taskent: ¿por qué los mandaron precisamente allí? Él nunca había estado en Uzbekistán, no tenía familiares ni residencia en ese país y tampoco había pasado por territorio uzbeko antes de llegar a Rusia. Lo expulsaron solo con su pasaporte, sin ningún documento que explicara bajo qué figura legal fue sacado de Rusia.
Para Judith Sunderland, directora asociada sénior de la División de Derechos de Refugiados y Migrantes de HRW, resulta preocupante que los testimonios no permitan identificar un procedimiento con garantías para impugnar la detención o la expulsión, ni un trámite claro de entrega a las autoridades uzbecas. “No parece haber ningún procedimiento y ese es el problema”, resumió su colega Alcira Silva Hava, integrante de la División de Derechos de Refugiados y Migrantes de HRW.
La legislación rusa distingue entre la deportación y la expulsión administrativa, que puede ejecutarse de manera forzosa o mediante una salida independiente controlada. Sin embargo, la falta de documentación en manos de los cubanos entrevistados dificulta determinar qué procedimiento se aplicó y bajo qué fundamento las autoridades decidieron enviarlos a Uzbekistán.
Lo que sí tienen claro las expertas de HRW es que Rusia ha violado garantías establecidas por el derecho internacional al no propiciarles información que pudiesen comprender sobre su deportación ni posibilidad de impugnar la detención y la posterior expulsión . Lo que no saben es si estas expulsiones se hacen con el conocimiento y la autorización del Gobierno uzbeko.
Para esclarecer quién había autorizado esos viajes, CubaNet consultó al Ministerio de Relaciones Exteriores, al Ministerio del Interior y a la Defensoría del Pueblo de Uzbekistán. Les preguntó si conocían los traslados de cubanos desde Rusia, qué acuerdo podía respaldarlos y qué asistencia podían recibir al llegar. Hasta el cierre del reportaje, ninguna de esas instituciones había respondido.
Lo que sí es público es que Moscú y Taskent mantienen desde 2008 un acuerdo de readmisión que permite devolver a Uzbekistán a ciudadanos de terceros países solo si llegaron a Rusia directamente desde territorio uzbeko. El mismo texto excluye a quienes entraron legalmente a Rusia sin visado en virtud de un tratado internacional, como los cubanos. Ninguno de los 11 expulsados encaja en ese supuesto.
“El derecho internacional no obliga expresamente a devolver a todo extranjero en situación irregular exclusivamente a su país de origen”, explicó Stavros Papageorgopoulos, asesor jurídico sénior del Consejo Europeo para los Refugiados y Exiliados (ECRE). Sin embargo, la posibilidad de enviarlo a un tercer Estado no elimina las obligaciones de protección: antes del traslado deben proporcionarle información sobre el procedimiento de expulsión y asistencia jurídica, evaluar individualmente los riesgos que afrontaría en el destino y permitirle presentar razones que puedan impedir su expulsión.
Esa evaluación del riesgo incluye tanto los daños que podrían derivarse de la situación en el tercer país de destino como los que podrían resultar de una posible devolución posterior de la persona desde ese país a otro, incluido su país de origen, asegura Papageorgopoulos. Por este motivo, la evaluación del riesgo debe examinar también si, en el tercer país, el extranjero tendría acceso a procedimientos de asilo justos y eficaces.
El caso de otro cubano, Yoelsy del Toro, permite observar la distancia entre esas garantías y la realidad de los detenidos. Llegó a Rusia como turista el 25 de marzo de 2025 y fue detenido el 14 de abril de 2026 en Sarátov, a orillas del Volga. Todavía recluido, muy enfermo y sin diagnóstico, logró fotografiar, antes de que se los retiraran, los documentos que le hicieron firmar. Son ocho páginas: una resolución policial que le impone una multa de 2.000 rublos y la expulsión forzosa por exceder el tiempo de estancia permitido, una decisión de internamiento y un auto judicial que prorroga su detención hasta 90 días.
En la resolución, las propias autoridades dejan constancia de que no domina el ruso y, a la vez, de que “reconoció plenamente su culpa y se arrepintió”. Del Toro asegura que nadie le explicó el contenido de los papeles ni le facilitó un intérprete.
No obstante, en la última página de la resolución figura la firma de un intérprete. Preguntado al respecto, Yoelsy insistió en que no tuvo ninguno. No sabía lo que firmaba, dijo.
Los documentos contemplan la posibilidad de recurrir en un plazo de diez días, pero Yoelsy afirma que nadie le informó de que podía reclamar ni le explicó si podía solicitar asilo o cómo hacerlo. En estos momentos, junto a otros tres cubanos, está esperando ser deportado, pero no tiene certeza de su destino ni le han facilitado documentación alguna.
“Ellos me dijeron en español que íbamos para Cuba, pero no sé si creerles”, escribió Del Toro desde el centro de detención de Sarátov.

Su desconfianza nace de lo ocurrido a otros cubanos, dice él mismo. Hasta febrero de 2026, las expulsiones terminaban en La Habana, pero en marzo algo cambió y cesaron los envíos de migrantes irregulares a Cuba.
Ese cambio coincidió con la suspensión en febrero de los vuelos comerciales directos entre Rusia y Cuba, que la agencia rusa de aviación civil (Rosaviatsia) atribuyó a la falta de combustible para aviones en la Isla.
Para el abogado cubano Orday Robaina, residente en Rusia, el cambio de destino podría explicarse por una combinación de obstáculos: centros de detención sobrepoblados, pasajes a Cuba demasiado caros y rutas con escalas que dificultan mantener la custodia de los migrantes durante el traslado. En esas circunstancias, explica, surgió la alternativa de enviarlos a un tercer país que los admitiera sin visa.
A la suspensión de los vuelos directos se añadía el costo. En una búsqueda realizada por CubaNet en Skyscanner el 12 de octubre de 2026, a las 5:00 p. m. (hora de Cuba), un boleto de Moscú a Taskent costaba entre 164 y 207 dólares, mientras que las rutas disponibles hacia La Habana superaban los 1.000.
Este medio entrevistó además a otros tres cubanos cuyos casos no forman parte de esa cifra, porque su salida fue distinta: a Yindra, a su esposo, Ángel, y a Rosmery les permitieron elegir entre comprar un pasaje para salir de Rusia o seguir detenidos. Regresar a Cuba era lo que algunos deseaban, pero no lo que podían pagar.
Yindra y su esposo fueron apresados en Moscú, en septiembre de este año, cuando salían de un supermercado en Rusia. Según cuenta, los policías les exigieron 5.000 euros [sic] para dejarlos libres. Como no tenían ese dinero, se los llevaron a una estación de policía, donde permanecieron dos días sin comer.
Después les ofrecieron dos destinos para salir del país: Cuba o Uzbekistán. Yindra quería regresar a la Isla, donde conserva su casa y tiene familia, pero el dinero no les alcanzaba para comprar los pasajes y terminaron viajando a Taskent.
“Prefiero los apagones que estar tirada aquí. En este país no hay trabajo”, cuenta la cubana de 52 años.
Ella y Ángel han sobrevivido con sus ahorros, pero les queda apenas lo suficiente para pagar otra semana de alojamiento.
“Después de eso no sabemos qué haremos”, dice. “Es muy triste que nos obliguen a venir para acá. Aquí hay cubanos durmiendo en las calles, en el aeropuerto. Está muy difícil sobrevivir aquí”.
Rosmery se hospeda desde el 6 de octubre en el estudio contiguo al de Yindra y Ángel, en otro hostal de Taskent, distinto al de María Antonia, donde las habitaciones son pequeños estudios con cocina y baño propios. Llegó a la ciudad en julio con su pareja y, desde entonces, han pasado de un alojamiento a otro. Él consigue trabajos ocasionales; ella está a punto de dar a luz sin saber cómo afrontarán tantos gastos.
“Solo mi marido está trabajando en lo que aparece porque en mi estado es imposible”, explica.
Cuando salió de Rusia, según sus cálculos, tenía unos siete meses de embarazo. Su hermano pagó el boleto para que pudiera abandonar el centro de detención porque Rosmery temía dar a luz allí y que la separaran de su hijo.
“Aquí fui a emergencia cuando llegué y me revisaron. Fue la primera vez que me hicieron un ultrasonido en todo el embarazo. En el centro de detención no me daban ni vitaminas, ni siquiera más comida”, recuerda. “En el hospital de aquí cuando les pedí que me programaran una cesárea porque así fue mi parto previo, me preguntaron por método de pago. ¿Con qué vamos a pagar?”
Salir de Rusia le permitió alejarse del lugar donde temía parir. En Taskent, sin embargo, sigue sin poder pagar la atención que necesita, mientras el nacimiento se acerca.


Un país que no eligieron
Las habitaciones del hostal donde permanece María son colectivas y están separadas por sexo. Los huéspedes comparten los baños y los espacios comunes. La mayoría son turistas que llegan con sus mochilas, pasan una o dos noches y continúan viaje.
María Antonia los ve entrar y salir mientras ella sigue allí, sin saber cuándo podrá marcharse ni hacia dónde. Junto a ella permanece también una pequeña comunidad de cubanos que, por distintas razones, ha terminado varada durante más tiempo. Ellos también entran y salen dependiendo de si consiguen trabajo. Yorkis recién regresa de un pueblo vecino donde estuvo dos días trabajando. Le ofrecieron encargarse de tareas de limpieza en un negocio privado, pero cuando llevaba un día y medio de trabajo se negaron a pagarle.
“Se aprovechan de que estamos sin permiso de trabajo y nos estafan”, explica el cubano.
A María, sin embargo, nadie la emplea porque “¿quién contrata a una anciana enferma?”, resume ella.
Una noche en el hostal cuesta alrededor de diez dólares. Sin trabajo, documentos, ahorros ni familiares en Uzbekistán, no tiene cómo pagarla, pero el administrador, un uzbeko que se ha compadecido de ella, le ha permitido hasta ahora quedarse sin cobrarle. Ella no quiere pensar qué hará si eso cambia. Yorkis no tiene la misma suerte: cuando no puede pagar, duerme en la calle o intenta llegar al aeropuerto para descansar allí. Yalina, en cambio, encontró trabajo en una fábrica y con eso cubre lo imprescindible.

El hospedaje de María, no obstante, no incluye alimentos. Ella come únicamente lo que otros huéspedes deciden compartir con ella. Nunca sabe qué comerá al día siguiente.
También le faltan artículos tan básicos como desodorante y champú. Además de unas sandalias de baño, su único calzado son las botas de invierno, sofocantes durante el verano uzbeko, cuando en Taskent el termómetro llega a los 40 grados. “Yo no salgo del hostal a nada porque si me ven fuera me pueden multar o hasta deportar de nuevo, ya yo pasé el tiempo que me permitían aquí”.
A diferencia de Rusia, en Uzbekistán no hay constantes redadas contra migrantes, pero la policía sí puede pedirles la documentación en la calle para comprobar que han respetado las normas de estancia para turistas. Es posible estar en regla si se sale del país por una frontera cercana antes de cumplir los 30 días y se vuelve a entrar.
Para mantenerse legalmente en el país al que Rusia los envió, algunos de estos cubanos han tenido que volver a salir de él. Desde Taskent hasta la frontera con Tayikistán, donde también aceptan a los cubanos sin exigir visa, hay aproximadamente 100 kilómetros por carretera, a través del paso de Oybek–Fotejobod. Esta es la ruta que han empleado Yorkis, Yindra y otros deportados; pero María no tiene el dinero para hacer el trayecto y volver, así que permanece en el hostal.
Allí, rodeada de viajeros que llegan sabiendo cuál será su próxima parada, María Antonia vive exactamente lo contrario: no tiene un pasaje ni una fecha de salida. Pero lo que más la angustia es no saber si volverá a ver a su familia.
“A mí sencillamente me soltaron aquí. Llegué sola al aeropuerto, sin saber dónde estaba ni qué iba a hacer, sin saber qué camino tomar. Ahora tengo techo y cama, ¿pero hasta cuándo? Yo digo que Putin me mandó para que muriera aquí sola. No puedo entender por qué enviaron a una anciana, sin dinero y sin conocer a nadie”, dice la cubana.
Desde el hostal de Taskent, María Antonia busca noticias de su familia cada vez que alguien le presta un teléfono. No sabe cuándo volverá a hablar con su hija, qué decidirán las autoridades rusas sobre sus nietos ni cuánto tiempo podrá seguir durmiendo gratuitamente en aquella litera. Ve a sus compañeras recoger el equipaje y marcharse mientras ella permanece junto a la misma cama y con la misma bolsa con la que llegó. “Yo no puedo regresar a Cuba sin ellos. Donde estén mi hija y mis nietos, allí tengo que estar yo”.
* CubaNet escribió a la Embajada de Cuba en Moscú para conocer qué gestiones realizaron ante la separación de esta familia, por qué María Antonia fue enviada sola a Uzbekistán y qué acciones ha emprendido para proteger y reunir a los tres menores cubanos con su madre y su abuela. Hasta el cierre de este reportaje, la sede diplomática no había respondido.
* CubaNet envió solicitudes de información al Ministerio del Interior de Rusia, a la Oficina de la Comisionada para los Derechos Humanos de la Federación de Rusia y a la Oficina de la Comisionada para los Derechos del Niño ante el presidente de la Federación de Rusia. Hasta el cierre de este reportaje, ninguna había respondido las preguntas sobre los traslados a Uzbekistán y la separación familiar. La oficina de Derechos del Niño remitió un acuse automático que confirmó la recepción del correo.
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