A sus 65 años, Julia Obreguet Wilson sobrevive de la venta informal de productos en el asentamiento de La Polar, en La Habana.
LA HABANA, Cuba.- Julia Obreguet Wilson tiene 65 años y vive en La Polar, un asentamiento informal levantado entre las ruinas de la antigua cervecería del mismo nombre, en la zona de Puentes Grandes, en Marianao. Para mantener a su familia vende café, cigarros y cualquier artículo que consiga. Sin un salario fijo, debe elegir entre comprar alimentos y afrontar otros gastos indispensables.
“Yo soy pobre, yo no tengo nada”, resume Julia al describir las dificultades que enfrenta para alimentar a su nieto de ocho años, a quien cría mientras sobrevive en una vivienda precaria, expuesta a la lluvia y a las malas condiciones del lugar.
La mujer, que trabajó como barredora de calles y limpiadora en un hospital en Guantánamo, también se desempeñó como custodio del Cuerpo de Vigilancia y Protección (CVP) después de trasladarse a La Habana. Sin embargo, tuvo que abandonar el empleo para atender a su nieto, que necesita acompañamiento para ir a una escuela especial y regresar.
Desde entonces, depende de pequeños negocios informales para conseguir dinero. Si alguien le entrega algún producto, lo revende; cuando reúne suficiente efectivo, compra azúcar para comercializarla. Así intenta garantizar el sustento diario de ambos. “La vida está muy dura”, dice.
El dinero que consigue apenas alcanza para comprar algunos alimentos. Según cuenta, un pomo de aceite puede costar 5.000 pesos, una suma que no siempre está en condiciones de pagar. El arroz, los espaguetis y otros productos básicos también representan un gasto difícil de asumir para una mujer sin ingresos estables.
“Yo no tengo un plato de comida decente ni para mí ni para mi nieto, con carne ni soñar. Si hay una calabaza, se come un arroz con calabaza; si hay un color, se hace un arroz amarillo y se come”, relata.
La escasez no solo limita la variedad de los alimentos, sino también la posibilidad de garantizar que el niño desayune antes de ir a clases. Julia explica que, cuando consigue 200 pesos, compra un pan para que su nieto lo lleve a la escuela.
“Mi nieto no coge leche. Si tengo los 200 pesos le compro un pan para la escuela. Hay momentos en que lo tengo y momentos en que no. Si tengo un poquito de aceite le echo un poquito al pan porque no hay otra cosa y tiene que conformarse”, cuenta.
La precariedad económica se suma a las malas condiciones de la vivienda. Julia asegura que el techo no la protege adecuadamente de la lluvia y que necesita una casa donde pueda vivir con su nieto sin temor a que ambos se mojen cada vez que cambia el tiempo.
“Si tuviera que pedir un deseo ahora mismo, sería una casa, que esté uno bien, que no me moje”, expresa.
Las dificultades de Julia no son ajenas al entorno en el que vive. El asentamiento de La Polar, conocido como un “llega y pon”, surgió entre las estructuras abandonadas de una antigua instalación industrial y recreativa de La Habana.
La cervecería La Polar fue fundada en 1911 y llegó a convertirse en una de las principales industrias cerveceras del país. A su alrededor se desarrollaron los Jardines de la Polar, un espacio de recreación que incluía áreas para bailes y celebraciones. Con el paso del tiempo, las instalaciones quedaron deterioradas y parte de sus terrenos terminó ocupada por familias que levantaron allí viviendas precarias.
En 2021, ADN Cuba reportó la presencia de más de 20 familias en el asentamiento, aunque esa cifra corresponde a aquel momento y no permite determinar cuántas residen allí actualmente.
En el asentamiento los residentes presentan dificultades para acceder al agua potable y a la electricidad, y muchos utilizan el río Almendares para cubrir necesidades básicas.
Para Julia, la falta de condiciones sanitarias es una realidad cotidiana. “Las necesidades las hacemos en el río”, explica, al referirse a la ausencia de un baño adecuado.
En su caso, la urgencia no se limita a conseguir alimentos o mejorar las condiciones de higiene. También necesita un techo que proteja a su familia y le permita vivir con mayor seguridad.
“Yo pienso tener un cambio de vida, arreglar mi casa. Todo el tiempo no puedo estar viviendo así, mojándome. Tengo que tener un techito nuevo. ¿Me voy a morir y voy a estar así, mojándome? No puede ser”, reclama.
A pesar de las dificultades, Julia no ha perdido completamente la esperanza de que su situación cambie. Cree que la vida en Cuba podría mejorar y confía en que algún día podrá reparar su vivienda. Pero, mientras ese momento llega, continúa vendiendo lo que consigue para garantizar, con recursos insuficientes, la alimentación y las necesidades de su nieto.
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