La autocrítica que el régimen quiso imponer a Heberto Padilla terminó exponiendo ante el mundo la represión cultural del castrismo y la sumisión de los intelectuales que lo justificaban.
LA HABANA.- Al fin he podido conocer completa la autocrítica de Heberto Padilla, ahora que acabo de leer el libro “Fuera (y dentro) del juego. Una relectura del Caso Padilla cincuenta años después”, publicado en 2021 por el Fondo Editorial Casa de las Américas. El volumen contiene, además de la transcripción de la autocrítica aparecida en la revista Casa de las Américas —número doble 65-66, marzo-junio de 1971—, una selección hecha por Abel Prieto y Jaime Gómez Triana de cartas, discursos y artículos en torno a aquel controvertido asunto que provocó la ruptura con el castrismo de varias decenas de destacados intelectuales latinoamericanos y europeos que hasta ese momento habían sido fervorosos defensores de la revolución de Fidel Castro.
El libro, que contiene hasta un memorando de la CIA dedicado al caso, me resultó vomitivo, no solo por el prólogo de Abel Prieto, que otra cosa no se podía esperar del exministro de Cultura y actual director de la Casa de las Américas, sino también, y sobre todo, por las abyectas cartas y declaraciones de figuras como Mario Benedetti y Eduardo Galeano reiterando su apoyo al castrismo, o retractándose, como Julio Cortázar, de haber sumado su firma a la de otros 61 intelectuales que se dirigieron a Fidel Castro expresando su preocupación por Padilla.
El tono de los solidarios y de los arrepentidos, de tan rastrero, hace sentir vergüenza ajena. Casi que pedían perdón por dedicarse a la literatura, por ser escritores y no combatientes de la revolución. Patético que figuras de esa talla intelectual se humillaran y se pusieran de rodillas ante un Fidel Castro que llamaba “ratas” y “agentes del imperialismo”, entre otras lindezas, a todos los que se atrevían a preocuparse por la libertad de expresión y de la creatividad artística y literaria bajo su régimen.
Cuando se leen las palabras del discurso autoinculpatorio de Padilla en la UNEAC aquel 27 de abril de 1971, uno no puede dejar de preguntarse cómo fueron tan torpes y tontos los oficiales del Ministerio del Interior y los funcionarios del Consejo Nacional de Cultura y de la UNEAC organizadores de la reunión, que consideraron sincera la autocrítica y creyeron que su difusión sería conveniente para el régimen.
Resultó lo contrario: los comisarios y represores cayeron en la trampa que les tendió Padilla al parodiar las autoinculpaciones de los purgados por el estalinismo en los siniestros procesos moscovitas de 1937, a la vez que enviaba al mundo una señal de lo que estaba ocurriendo en Cuba con la cultura y los intelectuales.
A diferencia de Benedetti y Galeano, que desconfiaron del cambio demasiado brusco de Padilla y sospecharon que su intención era que en el exterior fuese tomado como confesión obligada y obtenida a base de presiones, los comisarios y represores castristas no percibieron, por el tono exagerado y grotesco con que aceptaba su culpabilidad y expresaba su arrepentimiento, que Padilla se estaba burlando de ellos.
¿Cómo pudieron creer que Padilla, luego de pasar 37 días encerrado en un calabozo de Villa Marista, la sede de la Seguridad del Estado, sometido a constantes interrogatorios, sin saber cuándo era de día o de noche porque nunca apagaban la luz, fuera a alabar la inteligencia, el afecto y la sensibilidad de sus carceleros y agradecerles “la oportunidad que le daban de rectificar sus errores”?
En descargo de la demasiada credulidad de los inquisidores castristas, hay que recordar que en aquella época las autocríticas eran el pan nuestro de cada día. ¡Si lo sabremos los que estudiamos en esos años, que periódicamente, en los llamados “análisis de grupo” y en otras reuniones en las que nos llamaban a contar, teníamos que confesar nuestros defectos, errores y pecados ideológicos, y si no los teníamos, inventarlos, para afirmar nuestra disposición a enmendarlos y convertirnos en mejores revolucionarios!
No bastándole con ridiculizar y mofarse de sus victimarios, Padilla, que era un gran jodedor, en aquella ominosa reunión en la UNEAC se burló también de los miedos de varios de sus colegas, como su propia esposa Belkis Cuza Malé, Pablo Armando Fernández, César López, Manuel Díaz Martínez, David Buzzi, Norberto Fuentes y José Yanes, al afirmar que, como él, habían incurrido en actitudes desafectas y retarlos a que lo desmintieran.
Aquel discurso de arrepentimiento al que quisieron forzar a Padilla le sirvió al poeta para vengarse del régimen. Según contó Guillermo Rodríguez Rivera en su libro “Decirlo todo”, Padilla, en 1994, en Madrid, sonriendo y sin dudarlo, le dijo: “Fue mi venganza, me habían detenido solo por escribir un libro de poemas”.
Dicho libro fue Fuera del juego, merecedor en 1968 del Premio de Poesía “Julián Casal”, y que fue considerado “contrarrevolucionario”, al igual que Los siete contra Tebas, de Antón Arrufat, que recibió el Premio de Teatro “José Antonio Ramos”.
El conflicto de Padilla con los funcionarios culturales había comenzado antes del premio. Desde las páginas de El Caimán Barbudo, el poeta sostuvo una polémica con Lisandro Otero en la que defendió el reconocimiento concedido a Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante. También recurrió a la experiencia soviética y de Europa Oriental para advertir sobre las consecuencias de someter la creación artística a los dictados del Estado. Aquellas intervenciones lo convirtieron en un escritor incómodo para los guardianes de la ortodoxia.
La disputa llegó al concurso literario: las autoridades intentaron impedir que Fuera del juego resultara ganador. El jurado, sin embargo, sostuvo su valoración del poemario y rechazó que las objeciones políticas determinaran el fallo. La calidad de los versos de Padilla terminó imponiéndose a las exigencias de quienes pretendían excluirlo.
La publicación de las obras premiadas dio a la UNEAC otra oportunidad para atacar a sus autores. Fuera del juego y Los siete contra Tebas llegaron a la imprenta precedidos por un texto de su Comité Director que presentaba ambos libros como instrumentos del enemigo. Bajo la acusación de una conspiración intelectual, la institución advertía que podían servir de “caballo de Troya” contra la revolución. Padilla y Arrufat conservaron el reconocimiento del jurado, pero no recibieron el dinero correspondiente a los premios.
Poco más de dos años después, en marzo de 1971, Padilla y su esposa, la también poeta Belkis Cuza Malé, serían encarcelados.
Heberto Padilla murió en el año 2000, en el exilio, añorando a su patria, pero con la satisfacción de haber puesto en ridículo y denunciado ante el mundo a la dictadura que, encarcelándolo y forzándolo a inculparse, creyó haberlo quebrantado.
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