El derroche de combustible y los privilegios de la cúpula gobernante contrastan con la oscuridad y las carencias que enfrenta la población cubana en medio de la crisis energética.
Vivo en un edificio alto, en una zona elevada del municipio Plaza, y desde las ventanas de mi apartamento puedo contemplar un amplio panorama de la ciudad, que abarca una parte de El Vedado, Centro Habana y El Cerro.
En las noches de apagón, la oscuridad que se observa es deprimente. Pero indigna ver que, mientras esas zonas y casi toda la capital están en penumbras, la Plaza de la Revolución y el Capitolio Nacional están iluminados.
He recorrido en horario nocturno la Plaza de la Revolución y he visto las numerosas lámparas encendidas en todos los parqueos y zonas adyacentes a los centros oficiales, sin contar ciertas luces en el interior de estos.
En general, de noche, los espacios que rodean las edificaciones gubernamentales ubicadas en la Plaza de la Revolución parecen estar en pleno día.
Las potentes luces de las torres de la Plaza y los dos gigantescos murales con las efigies de Camilo Cienfuegos y el Che Guevara, ubicados en los edificios de los ministerios del Interior y de Comunicaciones, respectivamente, mantienen casi toda la noche su iluminación. Es un derroche de luz y, por ende, de combustible, que escasea mucho en el país.
Por otra parte, la cúpula del Capitolio Nacional, vista a distancia, se asemeja a un cake de varios pisos con sus velitas encendidas.
No puedo precisar desde mi ventana si el resto del Capitolio y sus exteriores están también iluminados, pero lo más probable es que no carezcan de mucha luz en todos sus alrededores.
Supongo que el hecho de que la Plaza de la Revolución y el Capitolio estén siempre iluminados se deba, además de a motivos de seguridad, a la intención de exhibirlos ante los pocos turistas extranjeros que aún vienen a Cuba y atenuar la imagen del desastre, para que no puedan calcular con precisión la magnitud de lo que ocurre en el país.
Por esa misma razón, siempre están encendidos el gran letrero del hotel Habana Libre y las luces de su discoteca.
Desde mi ventana observo otros sitios alumbrados, como ciertos edificios detrás de la Dirección General de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR), en Boyeros, y un edificio de 17 pisos en Infanta y Santa Rosa. ¿Por qué son lugares priorizados en los que no hay apagón? No lo sé.
En estas noches de penumbra, viene a mi memoria aquella luminosa Habana de mi niñez y juventud, con los numerosos letreros lumínicos que la hacían lucir esplendorosa.
Hoy, cuando estamos en apagón, lo que ocurre casi todas las noches, el panorama de la ciudad que veo desde mi ventana parece un cielo estrellado en una noche sin luna: lucecitas aisladas en las viviendas de quienes tienen plantas eléctricas y equipos EcoFlow para disponer de un poco de luz durante unas horas, o en las de aquellos que poseen los costosos paneles solares.
Pero las plantas eléctricas, los equipos EcoFlow y los paneles solares solo están al alcance de personas con recursos, con altos cargos en el Gobierno o de quienes reciben bastante ayuda económica de sus familiares en el exterior.
Desde hace varios meses, cada día, en el parte ofrecido en el Noticiero de Televisión (NTV), el periodista Bernardo Espinosa, junto con el ingeniero Lázaro Guerra, informa desde el despacho de la Unión Eléctrica sobre el aumento del déficit diario de generación.
Décadas atrás, cuando empezó la explotación petrolífera en la costa norte de la entonces provincia de La Habana (la actual Mayabeque) y en Varadero, Fidel Castro calculó, como siempre, con exageración y grandilocuencia, que se extraería una cantidad mucho mayor de petróleo de la que realmente se obtenía, y aseguró que eso resolvería el problema del autoabastecimiento. La realidad fue otra: el petróleo nacional es insuficiente y solo cubre el 40% de la demanda nacional.
Acostumbrados a vivir, primero, de la ayuda enviada por la Unión Soviética y los demás países socialistas; después, de la procedente de Venezuela; y hoy, de los donativos de otros Estados y organizaciones, los gobernantes cubanos no dan solución a la catastrófica situación provocada por la escasez de combustible, que tiene paralizada casi por completo a Cuba. Pero, aferrados al poder, culpan de todos los padecimientos y desgracias de la población al «criminal y genocida bloqueo yanqui».
Los mandamases, sus familiares y acólitos gozan de prerrogativas para disponer de esa luz de la que carece el pueblo, así como de suficiente combustible, adquirido en el exterior por «empresarios privados», para moverse en sus elegantes, modernos y costosos autos, que, por cierto, son importados de Estados Unidos.
A la escasez de combustible y, como consecuencia, a los apagones y al colapso del transporte público, sumemos, entre otros problemas que angustian a los cubanos, la escasez de agua y de medicamentos, así como el alza desmedida de los precios de los alimentos. ¿Hasta cuándo perdurará esta situación? ¿Resistiremos tanto atropello e injusticia por mucho tiempo más?
ARTÍCULO DE OPINIÓN Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quien las emite y no necesariamente representan la opinión de CubaNet.
Sigue nuestro canal de WhatsApp. Recibe la información de CubaNet en tu celular a través de Telegram.
