Los escucho en la calle, los leo en comentarios en las redes sociales. Aseguran que “aquí en Cuba lo que hace falta es un Bukele”.
LA HABANA.- Hace años, más de quince, que oigo hablar de una pandilla de la que no sé cómo se escribe el nombre. ¿Yustasayam? ¿O será —se me ocurre, y no me acusen de anglófilo— la transcripción fonética al lenguaje asere de “Just as I Am”, aquella vieja canción de los australianos de Air Supply?
Otras pandillas originadas en las cárceles que han aparecido en La Habana tienen nombres tan sugerentes como “Sangre por dolor” y “Cien pa’ bajo”. De ellas se cuentan horrores. Y no son solo leyendas urbanas: pinchar (herir), sacar sangre, no importa con qué, de quién ni cómo, es el primer mandamiento de las pandillas.
Los pandilleros muchas veces so expresidiarios que salen tan deformados de la cárcel que no logran reintegrarse a una sociedad rígida y prejuiciosa que tampoco les da muchas oportunidades de rehabilitarse; adolescentes provenientes de hogares disfuncionales que han pasado por escuelas correccionales para menores que les han hecho más daño que bien y para los que la violencia es el pan nuestro de cada día; y no pocos muchachos que se juramentan como abakuás y, violando los principios de esa fraternidad, creen que llevar eribangas los faculta para la guapería y el matonismo.
No asombra demasiado que jóvenes inadaptados, frustrados y resentidos se tornen violentos. Basta oír la rabia con que vociferan y riñen por cualquier motivo, usando como arma lo que tengan a mano.
Y muchos, que se pasan todo el tiempo bordeando la ilegalidad, terminan por delinquir. ¡Es tanta la miseria, material y espiritual, tan grande la falta de oportunidades y tan favorable para el delito el ambiente de privaciones y marginalidad que impera en la mayoría de los barrios!
La existencia de esas pandillas, junto con el aumento de los robos, asaltos y asesinatos, ha contribuido a crear un ambiente de miedo e inseguridad impensable hasta hace una década en este país, donde muchos, incluso turistas extranjeros, se preciaban de que, sin peligro alguno, se podía estar en la calle hasta altas horas de la madrugada.
Ahora, la mayoría de las personas, si no es por una necesidad imperiosa, evita salir a la calle de noche, especialmente si hay apagón. Y los padres, cuando salen los muchachos, no tienen paz hasta que los ven de vuelta en casa.
Ese clima de inseguridad ante el aumento de la delincuencia que las autoridades no logran contener es lo que ha hecho que muchos compatriotas, en su desesperación e impotencia, lleguen a decir —los escucho en la calle, los leo en comentarios en las redes sociales— que “aquí en Cuba lo que hace falta es un Bukele”.
Resulta inconcebible que, habiendo padecido los regímenes de Fidel y Raúl Castro, haya cubanos a los que no se les ocurra una solución mejor para acabar con la delincuencia que confiar su seguridad a un líder como Bukele. Nayib Bukele, el popular y carismático presidente salvadoreño, que, si bien ha reducido notablemente la violencia de las pandillas en su país, lo ha hecho vulnerando principios democráticos y de los derechos humanos.
Bukele ha combatido el crimen adaptando las leyes y las instituciones a su gusto y haciendo en algunos casos pagar a justos por pecadores. Porque en El Salvador de Bukele hay familias que tienen hijos injustamente encarcelados y hacen juicios colectivos acusnado y procesando casi sin pruebas ha documentado HRW. Y tener tatuajes ha bastado, en casos documentados, para que la policía detenga a alguien como supuesto marero (pandillero). ¿Les suena familiar a los cubanos que vivieron las décadas de 1960 y 1970 eso de ser perseguido por la apariencia?
¿Puede haber cubanos que, no bastándoles con el Combinado del Este, Boniato, Kilo 7, Agüica o cualquiera de las muchas dantescas prisiones que existen en Cuba, aspiren a tener aquí una megacárcel tan monstruosa como el CECOT (Centro de Confinamiento del Terrorismo). Human Rights Watch ha denunciado la incomunicación de los presos del CECOT, privados de contacto con sus familiares y abogados. A ese aislamiento se suman denuncias de torturas, golpizas y condiciones inhumanas de reclusión, incluida la falta de atención médica adecuada.
No, aquí no hace falta un Bukele. Lo que necesita Cuba, para que haya orden y tranquilidad, para acabar con la delincuencia y, de paso, con la corrupción, son leyes justas y coherentes que se cumplan para todos, un poder judicial independiente del Gobierno y una policía que esté al servicio de la ciudadanía y no para reprimir el disenso. Como debe ser en un Estado de derecho.
No como sucede con “la legalidad socialista”, hecha a la medida de los mandamases castristas, donde uno puede ir a la cárcel por motivos inimaginables en otros países; donde la policía entiende que “mantener el orden y la tranquilidad ciudadana” se limita a reprimir las protestas contra el régimen; donde los fiscales y los jueces cumplen las instrucciones de la Seguridad del Estado y se imponen largas condenas por robar una vaca y, peor aún, por enarbolar una pancarta o hacer una pintada considerada subversiva en un muro.
Aquí lo que hace falta es rescatar los valores que se han perdido: la ética, la moral, las esperanzas de futuro. Que las personas puedan vivir dignamente del fruto de su trabajo, que el Estado no ponga trabas ni zancadillas a la iniciativa privada. Que los padres puedan escoger el tipo de educación que consideren más adecuada para sus hijos. Que los jóvenes tengan oportunidades y puedan cumplir sus sueños sin tener que irse del país.
Sé que habrá quienes saldrán en defensa de Bukele y sus métodos. Es que, desgraciadamente, a muchos cubanos no se les quita la manía de enamorarse de los gobernantes autoritarios y de mano dura para confiarles sus destinos. Pasó con Fulgencio Batista, al que llamaban “El Hombre”, y luego con Fidel Castro, al que apodaron “El Caballo” y juraron obedecer y seguir: “Pa’ lo que sea, Fidel”. Todavía, casi diez años después de su muerte, hay quienes lo añoran y repiten el estribillo de que “con Fidel estas cosas no pasaban”.
Es tanto el deslumbramiento de muchos compatriotas por los tiranos que no faltan en Cuba —e, increíblemente, tampoco en el exilio; los conozco— los admiradores de Vladimir Putin, que justifican su guerra de agresión contra Ucrania y se niegan a saber de sus crímenes contra ese pueblo y contra los opositores a su Gobierno.
¡Cuánto daño nos han hecho a los cubanos tantas décadas de dictadura! Y no acabamos de escarmentar.
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