Cada jueves, desde hace un año, un grupo de ancianos de Santa Clara espera la llegada de una motoneta en la que les traen un plato de caldosa caliente.
SANTA CLARA, Cuba ― Todos los jueves, antes de las 10:00 de la mañana, Deisy, de 87 años, ocupa un espacio en el pequeño parque de la calle Martí, a tres cuadras del centro de Santa Clara. Lleva consigo un trozo de cartón para sentarse en los muros y no ensuciarse la ropa, un pomo de agua al tiempo y un pedazo de pan con plátano o aguacate para sostenerse hasta la tarde.
Pasadas las 6:30 de la tarde, solo ese día de la semana y desde hace alrededor de un año, un grupo de ancianos de Santa Clara espera religiosamente la llegada de una motoneta en la que les traen un plato de caldosa caliente.
Hace unos meses eran apenas una decena de comensales, pero la concurrencia fue aumentando hasta superar las 50 personas, lo que explica que tantos ancianos aguarden en ese parque desde antes del mediodía para reservar los primeros turnos. A pesar de haberse levantado bien temprano, Deisy alcanzó el segundo puesto en la cola para la caldosa. Otra señora, que asegura no tener familia ni vivienda y que habría llegado este jueves 8 de octubre antes de las 9:00 de la mañana, reclama a viva voz su derecho a recibir la primera ración.
“Me enteré por un vecino que aquí repartían caldosa y la verdad es que está buena y trae bastante carne”, cuenta Deisy, que vive sola desde que falleció su esposo el año pasado y que percibe al mes poco más de 3.000 pesos por su condición de viudez.

En días previos también amaneció en el parquecito porque le habían avisado que “alguien de la iglesia” entregaría módulos de arroz y azúcar a personas vulnerables. “Se formó tremenda matazón, me empujaron y casi no alcanzo”, lamenta.
A las 3:00 de la tarde hay más de 30 ancianos sentados en los muros del parque, repartidos por grupos de afinidad. La mayoría parece conocerse de otras colas para recibir alimentos. A este espacio de Santa Clara lo llaman comúnmente “el parque de los deambulantes”: algunos habitantes de la calle pernoctan bajo los árboles, otros venden artículos recogidos de la basura y, cuando funcionaba allí un pozo de bomba, algunos incluso lavaban su ropa o se bañaban a la vista de los transeúntes. Detrás, en la pared, hay escrito un cartel con crayola que reza: “Los malos viven de los buenos”.
Cuando sopla el viento, el ambiente del parque se impregna de un olor penetrante a amoníaco, heces y pudrición que proviene de un basurero al aire libre, ubicado en la misma esquina.

El ir y venir de las moscas molesta sobremanera a Miguel, otro jubilado, de 76 años, que trabajó en la construcción y marcó entre los primeros de la fila. Señala que en otros lugares en los que recibe alimentos con regularidad hay mejores condiciones, como en la parroquia del Carmen, donde le ofrecen cenas bien surtidas que alcanzan para todos los que acuden allí.
Varias comunidades religiosas de Santa Clara, sobre todo católicas, se han volcado a asistir a ancianos y personas de bajos recursos con alimentos y medicinas.
“A esto lo que le falta es organización, porque los compañeros se agreden unos contra otros tratando de pasar primero”, refiere. “Ya verás lo que se forma cuando llegue la caldosa”, advierte. Miguel asegura haber combatido en Angola cuando era apenas un muchacho, a finales de los 70. Cada jueves intenta llegar temprano al parque a pesar de que le cuesta bastante desplazarse. “Por lo menos son cuatro comiditas al mes. Yo divido la ración para la comida de hoy y el almuerzo de mañana”.
Fernando, jubilado de los ferrocarriles, corrobora los empujones y la tensión en la cola que describe Miguel y agrega que otras veces, cuando les han traído a ese mismo parque paquetes de arroz o azúcar, algunos “alcohólicos arman caos” y se llevan las ayudas para después revenderlas y “mantenerse el vicio”.

Con una pensión de 3.500 pesos, va de vez en cuando a los centros del Sistema de Atención a la Familia (SAF), donde recibe una ración de alimentos que describe como “muy escasa”. El menú, según cuenta, consiste casi siempre en “chícharos duros, un tin de arroz, a veces plátano hervido, un pan ácido y de vez en cuando un pedacito de spam”.
Para las 5:00 de la tarde apenas queda espacio en los muros del parque para la gran cantidad de personas que esperan la caldosa. Elsa, que marcó la cola para ella y para su hija, toma asiento justo al lado de Deisy. Se sostiene con un andador y cuenta que sufre un rosario de padecimientos crónicos: cataratas, diabetes, hipertensión, párkinson, una fractura en la columna e incontinencia urinaria.
“Yo vivía sola y me daban 400 pesos por asistencia social, pero cuando vino mi hija a vivir conmigo me lo quitaron. Por eso estamos aquí. Al menos es algo caliente que cae en el estómago”, espera.
Muchas veces, algunas personas que pasan los jueves por el parque les entregan barras de pan a los ancianos que lucen más desvalidos, quienes suelen compartirlas con sus compañeros cercanos. Las historias de casi todos confluyen en pensiones bajísimas tras largos años de trabajo, abandono familiar, soledad y enfermedades desatendidas por no poder pagar el alto precio de los medicamentos en el mercado informal.

“Soy diabética y tengo el pie hinchado”, se queja Elena, de 72 años, que ha llegado hasta allí paso a paso desde el reparto Virginia, bastante alejado del centro. “Estoy para la caldosa como todo el mundo aquí. No me queda de otra, porque lo que tengo en la casa es un poquito de arroz. Los otros días [de la semana] voy de iglesia en iglesia”.
A las 7:00, por la calle Luis Estévez, se ve venir la motoneta con la caldosa. Alguien avisa con entusiasmo y todos los presentes se avientan hasta el espacio donde debe parquearse el vehículo. Un hombre intenta repartir el líquido humeante con cuidado para no quemar a quienes le acercan sus respectivas vasijas. Deisy, más ágil que Miguel y Fernando, logra acercar la suya y recibe entre empujones su ración de comida.
La cola que durante horas ordenó la espera se desarma en segundos y entre los primeros en recibir su plato no están necesariamente quienes llevaban allí desde la mañana. Ante el tumulto, los atropellos y las malas palabras, quienes entregan la caldosa, que aseguraron no pertenecer a una iglesia específica y declinaron ofrecer más detalles, deciden finalmente marcharse sin completar la distribución esa tarde.
Apenas unos cinco ancianos logran llenar sus vasijas de caldosa. Unos y otros maldicen el comportamiento de los demás. “Lo que hace el hambre”, se escucha decir con cierto desprecio a un transeúnte que pasa por allí y observa la escena. Poco a poco el parque se vacía. Los que no alcanzaron observan con caras largas a los beneficiados que engullen allí mismo el líquido espeso, incluso sin cubiertos. “Me parece que ya no van a traer más caldosa”, dice Miguel, que se marcha despacio, sin la comida de hoy ni el almuerzo de mañana.
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