Delfín Díaz Laurencio comenzó a usar cadenas para ocultar su cuello. Hoy, a sus 60 años, recorre las calles de La Habana con 55 cadenas.
LA HABANA, Cuba.- “Desde que empecé con esto, mi vida cambió”, afirmó Delfín Díaz Laurencio, un cubano de 60 años que se ha vuelto muy popular en las calles de La Habana, por donde pasea luciendo numerosas joyas plateadas que lleva en el cuello y en las manos.
Díaz Laurencio lleva colgadas 55 cadenas de diferentes tamaños, 40 pulseras que van desde sus muñecas hasta los antebrazos y 10 anillos repartidos en todos los dedos de sus manos. Algunas de estas joyas son de plata y otras de acero, pero ¿cómo nació esta idea?
En entrevista con CubaNet, el hombre contó que la idea surgió “sin quererlo” y fue producto de las burlas que recibió en la escuela cuando solo era un adolescente. En aquel entonces le llamaban jirafa; tenía el cuello muy largo y no encontraba forma de cubrirlo.
“Aquello me acomplejaba cantidad, intenté tapármelo subiendo el cuello de los pullovers, pero nada. Me dejé el pelo largo y tampoco me resolvió el problema. Al tiempo de aquello un amigo me regaló una cadena de plata bien gordita y me tapó bastante, después me fui comprando otras y cuando me vi con 15 me dije, eh, no se me ve el cuello”, contó.
Según sus palabras, por aquel entonces no imaginó que lucir aquel grupo de cadenas llamaría la atención de las personas, incluso de los turistas de visita en la Isla hasta que un día, cuando andaba de paseo por La Habana Vieja, los turistas le pidieron fotografiarlo y a cambio le dieron algunos regalos.

“Entonces me dije, si es así voy a ponerme más. Empecé a ahorrar dinero y me compré algunas más, mis amigos de afuera también me mandaron dinero para que me comprara cadenas. Me enviaban regalos y aquí me ven ya voy por 55 y voy por más porque esto es un vicio, no puedo parar”, precisó.
Díaz Laurencio es natural de Guanabacoa, pero actualmente reside en la barriada de San Francisco en el municipio habanero de San Miguel del Padrón. Diariamente recorre alrededor de 20 kilómetros para trasladarse hasta el centro de la capital en donde intercambia fotos por regalos espontáneos.
“Todos los días cuando regreso a mi casa me entretengo limpiándolas y acomodándolas, yo tengo un palo preparado con varios clavos y allí las cuelgo, organizadas por números para no equivocarme a la hora de ponérmelas”, precisó.
Pero su mayor problema, destaca, es en las mañanas, ya que le toma alrededor de una hora acomodarse todas las joyas en su cuerpo. Por eso se levanta muy temprano para estar listo en tiempo y no perder el transporte.
“En el barrio no me las pongo, solo me las pongo cuando voy para La Habana, como digo yo, a luchar, para que la gente me tire fotos y esas boberías. También para descansar el cuello que da mucho trabajo llevar todo este peso, son más de 20 libras ya”, precisó.
Díaz Laurencio abandonó los estudios al terminar el noveno grado. Odiaba las matemáticas y en lo único que pensaba era en vestir buena ropa e irse de fiesta con sus amigos. Sin embargo, destacó que hoy las matemáticas lo acompañan todo el tiempo a la hora de contar el dinero que le regalan las personas cuando se toman fotos con él.
“Mi récord es de 50 fulas (dólares). Vine para La Habana con 100 pesos cubanos, pero una bahamesa me vio y me dijo que le recordaba a Michael Jackson y me tiró como treinta fotos y al finalizar me dio 50, de ahí para allá, me han dado 30, 20, 15, 10 y hasta nada, todo depende de la persona, pero siempre llevo dinero para mi comida”, acotó.
Sin embargo, la caída del turismo en la Isla ha afectado mucho su trabajo. “Ahora es complicado, es que no hay turistas y dependo de los cubanos, pero siempre me dan algo. Mira, el otro día fui para El Vedado y me faltaron 300 pesos para llegar a 5.000”, apuntó.
Entre sus mayores sueños están ganar el récord Guinness y llegar a llevar 80 cadenas en el cuello que le lleguen hasta el piso, aunque no pueda aguantar el peso. “Yo voy a llegar, algo me lo dice y no voy a parar hasta lograrlo”, afirma.
“Yo siempre he sido, como todo cubano, luchador, antes vendía detergente, jabón, flores, pero nunca me dio por intercambiar con extranjeros porque no tenía nada que les llamara la atención a ellos. Solo era un flaco más del montón, pero desde que empecé con esto, mi vida cambió, por eso tengo fe”, concluyó Díaz Laurencio.
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